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Desde tiempos inmemoriales, la cocina de mercado o de temporada ha sido la base de la alimentación en todos los hogares. Una parte del encanto del buen comer radica en la llegada de la temporada de frutas y hortalizas como la fresa, la chirimoya, la cereza, el espárrago o el cardo. Los pescados y carnes también tienen sus ciclos y momentos óptimos de consumo según sea primavera, verano, otoño o invierno.

Hace 50 años era impensable acudir al mercado a por unos tomates o un taco de bonito en el mes de enero. Hoy podemos satisfacer cualquiera de nuestras necesidades y antojos realizando nuestra compra en una gran superficie. Allí, nos abastecemos de cualquier producto, estemos o no en su temporada, sea español, tailandés o argentino, fresco, en conserva o congelado.

Cuando pensamos en elaborar un menú, elegimos primero los platos y luego vamos en busca y captura de los ingredientes. ¿No sería más acertado el proceso inverso? Comer lo que cada estación del año nos proporciona de manera natural nos beneficia a todos. Los precios de los productos de temporada son más bajos y el proceso de producción acorde con las condiciones lumínicas y climáticas de cada lugar. Cultivar, recoger y consumir frutas y verduras maduradas de forma natural contribuye a la producción sostenible y además nos aporta un mayor placer sápido. Vivir apartados del campo nos lleva a permanecer ajenos a la estacionalidad de los alimentos, a la ilusión por su llegada y su disfrute distanciado en el tiempo. Debemos recuperar el respeto por el producto. El premio que obtendremos será una alimentación más variada a lo largo del año y conseguiremos rescatar la cocina de mercado de calidad.